Siempre digo que el yoga me ha cambiado la vida, una frase que no es muy original porque a casi todos los practicantes nos sucede lo mismo. En mi caso la transformación ha sido lenta, casi imperceptible en el día a día, pero certera, sin retorno. Me acerqué a esta filosofía en un momento complicado y al principio lo que percibía es que al acabar la clase la ansiedad había desaparecido. El efecto duraba solo unas horas, pero en ese tiempo mis obsesiones dejaban de ser consistentes, se esfumaban, salía más ligera, en calma.

Al principio me cuestionaba la utilidad de aquellas posturas imposibles ¿por qué doblar mi cuerpo en dos?, ¿por qué sostenerme sobre una pierna?, ¿por qué ponerme patas arriba? No había respuestas, pero seguía fiel a la práctica. Y pasado un tiempo, empecé a experimentar que no sólo mi cuerpo se volvía más flexible, también lo hacían mis pensamientos, mi manera de escuchar. Y un día, durante una clase, mi maestro expresó: ‘la palabra yoga significa unión; unión de cuerpo, mente y espíritu’. Fue revelador, me di cuenta de que nunca había sido consciente de la conexión entre el cuerpo y la mente, de que no había habitado mi cuerpo, ‘vivía’ en mi mente. El proceso de integración ha sido largo. Me ha costado reconocerme en mis emociones y en cómo éstas me han provocado contracturas, dolores de estómago o estreñimiento.

La magia de la respiración

Otro regalo que me ha traído el Yoga ha sido la atención a la práctica respiratoria. Nuestra vida se podría resumir en una larga cadencia de inspiraciones y exhalaciones. Todos respiramos inconscientemente pero, cuando se despierta la consciencia, la respiración es un arma mágica: es el intercambio entre mi ser interior y el mundo exterior, es el oxígeno que me nutre, es la vida. Dirigiendo la respiración optimizo la energía. Bien, pues esto que para vosotros es obvio, a mí me ha costado asimilarlo y además he tenido que reaprender a respirar.
Y en ese aprendizaje he experimentado la calma mental y fue entonces cuando empecé a meditar, primero con la ayuda de una maestra y después sola. Os lo aconsejo, para mí meditar es soltar para dejar cabida a lo nuevo. Pero es mucho más, es volver a casa, a mi esencia, a ese lugar libre de juicios y de ataduras en el que acepto la realidad y me abro a la vida.

Unión entre el observador y lo observado

Estas revelaciones me han llegado con la práctica diaria del yoga en la que llevo la atención a cada una de las posturas y me sitúo en el presente, en mi cuerpo y en mi mente y percibo cómo la mente me juega malas pasadas, ‘esto no te saldrá nunca’ y cuando sale, porque sale, se convierte en una conquista. Y observo que puedo hacer lo que me proponga y que hay mucha gente en este camino. Un camino universal, en el que no existen razas, países, ni religiones. Un camino integrador en el que he sentido que formo parte de un Todo y así ha terminado mi sensación de soledad y cuando fui consciente se me saltaron las lágrimas.

Como veis más que un cambio ha sido una transformación, tanto, que he cambiado de profesión. Tras ejercer de periodista durante veinticinco años, ahora enseño y comparto mi experiencia. El camino se acabará cuando mi vida se apague, pero mientras, aprendo, intercambio y me emociono cuando mis alumnos salen de la práctica mejor de lo que entran y les doy las gracias por estar ahí, por enseñarme tanto.

Aurora Guillén es  secretaria de Yogaespecial y Delegada en Madrid