Como profesoras nos cuestionamos la presencia de los padres en las clases y los progenitores se preguntan lo mismo, ¿debería entrar? ¿se pone más nervioso si estoy? ¿trabajará de la misma manera?

Cuando comienzan las primeras clases con un alumno con diversidad funcional, en Yogaespecial realizamos una evaluación. Siempre comenzamos con una entrevista previa con los padres, en la que nos cuentan la medicación, diagnóstico, hábitos del sueño, comportamiento y todo lo que ellos consideren relevante para que estemos informados. Una de las preguntas clave y que, normalmente surge al final, es, ¿me tengo que quedar durante la clase?

Siempre hay dos formas de ver esta cuestión, nosotras queremos trabajar con el niño, aprendiendo y conectando con sus necesidades, los padres a veces intervienen porque no saben si deben dejar a su niño con alguien que no le conoce tan bien como ellos. He de decir que a la mayoría de las profesoras nos gusta que estén los padres, porque queremos darles herramientas para su día a día, y creemos que es positivo que vean las posibilidades que tiene su hijo y lo que podemos lograr juntos.

Por otro lado, los padres necesitan oxígeno; dar un paseo, hacer la compra, hablar por teléfono y las mil cosas que necesitamos realizar a lo largo del día. Porque no hay que olvidar que  llevar a tu niño a una actividad de cualquier tipo, es una tarea más y a los mayores nos falta tiempo en este mundo lleno de prisas y donde el reloj manda.

La solución está en el equilibrio, al principio todos necesitamos apoyos y con el tiempo nos hacemos independientes y podemos estar solos. La presencia de los padres es un apoyo fundamental para todos, pero ambas partes tienen que volverse independientes con el tiempo.

He estado trabajando con un adolescente con diversidad funcional durante varios meses, su autonomía motora era muy limitada y era necesaria la presencia del padre, ya que, debido a la edad y la envergadura del chico, era más difícil inducirle las posturas y se requerían dos personas. Aprendí muchísimo de este padre, de su infinita paciencia, de la inmensa complicidad con su hijo, de su alegría de vivir y del orgullo por cada pasito logrado.

Yo también soy madre de un adolescente y comparaba mi actitud con a de él. En mi caso, según se está haciendo mayor voy perdiendo esa paciencia, la complicidad se sustituye por la independencia y el orgullo se vive con menos intensidad porque lo consideras dentro de la normalidad de un niño neurotípico. Esto me llevó a la conclusión del inmenso regalo que los niños con diversidad funcional le dan a sus padres y de la lección para los padres de niños considerados como “normales” pues cada momento de tu hijo es único, ten paciencia y valora cada como algo inmenso, llenarse de amor y estar agradecida por cada minuto que vivimos junto a ellos.

Gemma Gómez

Delegada de Yogaespecial en Paracuellos del Jarama